Es cierto que el plan de rescate de 700.000 millones de dólares (el 4,8% del PBI de Estados Unidos) rechazado anteayer por el Congreso norteamericano dejaba flotando varios interrogantes, pero igualmente era visto como un eslabón fundamental para un principio de solución a la hecatombe financiera.
En realidad, y dada la ignorancia general tanto en el pronóstico como en el desarrollo de lo que está ocurriendo, debería ser visto como un punto de inflexión para empezar a recomponer el tema central en cualquier crisis: la recuperación de la confianza.
O sea, saber si los fondos serían suficientes; cuánto tiempo demorarían los bancos en sanearse; si las cuentas públicas podrían digerir sin problemas tamaño aporte, o las implicancias sobre otras variables financieras como el dólar, los precios de las materias primas, las tasas de interés, etcétera, no son variables fáciles de medir ni de pronosticar frente a tamaña crisis.
Eran más botes salvavidas para que los tripulantes de la nave se sintieran más seguros, aun sabiendo que frente a un improbable hundimiento de la nave no entrarían todos.
Mirando el balance del sistema bancario, US$ 700.000 millones son un número más que importante para adquirir, a valor de mercado, una gran parte de la cartera de préstamos hipotecarios residenciales, pero claramente es una cifra insuficiente si el contagio alcanza al resto de la cartera de préstamos de los bancos.
El stock de préstamos hipotecarios comerciales, de consumo e industriales es 2,6 veces mayor que el de hipotecas, que ha generado el conflicto. Queda claro entonces que cualquier intento de salvataje debe recuperar ineludiblemente la confianza, dado que si no se logra dar vuelta la incertidumbre, hay poco margen para extender el rescate hacia los otros tipos de préstamos, en caso de que éstos tengan también problemas.
Independientemente del golpe de knock out por el impacto político del rechazo, la Reserva Federal vuelve a estar al volante de la crisis. Con menos holgura para elevar el monto de asistencia financiera al sistema, que ha llegado a ser el 40% de su activo (US$ 449.000 millones). De la misma manera, bajar la tasa de interés de 2% (como está ahora) a cero ya no aporta mucho para este tipo de virus. Y por otro lado, garantizar mayor asistencia de liquidez a los mercados tampoco resuelve las pérdidas patrimoniales derivadas del mercado de hipotecas.
Única alternativa.
Por lo tanto, la única hoja de ruta hoy es alguna alternativa -parecida pero toqueteada- a la presentada por el gobierno (el Acta de Estabilización Económica de Emergencia de 2008) para seguir observando si se encapsulan y limitan los daños.
Ése es el desafío, aun sabiendo, a esta altura de los acontecimientos, que está más que claro que el escenario crediticio futuro será mucho más restrictivo que el de los últimos años y que de allí, inexorablemente, se irá a una recesión económica.
Así como el otorgamiento masivo de préstamos y la falta de regulaciones fueron condimentos centrales de esta crisis, la supuesta "revancha" regulatoria que sobrevendrá como "contrarrespuesta" restringirá a futuro la expansión del crédito.
Todo el circuito de financiamiento se hará más pesado, corto y menos generalizado. Primará la desconfianza. Costará recuperar el nivel de actividad basado en la expansión crediticia.
También queda más que claro que el resto del mundo no es inmune. Ha quedado destrozada la hipótesis de decoupling , es decir, la suposición de que, esta vez, el resto del mundo no iba a sufrir. Los coletazos ya llegaron a Europa, se notan en Asia y las economías emergentes empiezan a ser testeadas.
En este contexto de parate a escala global, sería impensado que no cayeran los precios de las materias primas. Es cierto que parten de niveles muy altos y eso genera un cierto colchón. Pero, salvo impensadas ayudas climáticas para algunos de ellas, los "superprecios" de los últimos meses pasarán a ser historia.
En la ansiedad de las preguntas, y sabiendo que el mundo "no baja la persiana y la vida continúa", el interrogante clave es cuánto tardará la economía mundial en salir de este atolladero. Prácticamente no hay antecedentes y, aunque los hubiera, no sirven para encasillar una crisis, mezcla de real y financiera, con ramificaciones desconocidas.
El mejor escenario sería que el mundo "sacara la cabeza del pozo" y empezara a andar de nuevo en uno o dos años. Pero no puede descartarse que el proceso de desintoxicación financiera y recuperación económica demore más tiempo. Hay un antecedente: a los dorados años 60 los sucedió un período de diez años (desde 1973 hasta 1982) de idas y venidas con inflación relativamente alta, tasas de interés muy altas y precios de materias primas bajos. Si bien hay un conjunto de diferencias importante con aquel período, un escenario de ese tipo no puede descartarse de ninguna manera.
Epicentro en el Norte.
Respecto de las economías emergentes, hasta acá y a diferencia de los 90, las turbulencias tienen como epicentro Estados Unidos. Pero hay que empezar a prestar mayor atención a cómo se reacomodan esas economías que han gozado de una etapa de fuertes superávits comerciales, acumulación de reservas en los bancos centrales y excesos de liquidez, todo como contrapartida del enorme y creciente déficit comercial norteamericano.
Hasta hoy, el coletazo directo en la Argentina tiene nombre: materias primas. Es clave el monitoreo en donde quedarán enclavados los nuevos precios, por supuesto con una estrella rutilante, la soja. El impacto es directo porque el programa económico ha sido "sojadependiente", para generar divisas y liquidez, y "precioadicto", para llenar las cajas macro. Por supuesto eso ha tenido un impacto primordial en el nivel de actividad de las economías del interior.
Cuando comenzó, el 10 de diciembre, este gobierno iba camino a debutar con un ajuste fiscal y externo para mantener ambas cajas, la fiscal y la externa. Pero la fortísima suba de los precios internacionales de fines de 2007 y principios de 2008 (la soja pasó de costar US$ 400 la tonelada a US$ 600) lo evitó. Ahora, con la soja de nuevo en torno de los US$ 400, el programa económico vuelve al punto de partida.
La dolarización de portafolios y el elevado costo del financiamiento duplican la responsabilidad de la anunciada apertura del canje de la deuda pública. Estos son los desafíos de un camino que difícilmente pueda sortear un escenario de desaceleración con desinflación.
FUENTE:LaNación.



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